La madrugada del 19 de febrero de 2006, un accidente provocó la muerte de 65 trabajadores de la mina de Pasta de Conchos, al norte de México. Hasta la fecha, sólo dos cuerpos han sido rescatados, el resto, permanece sepultado en el interior de los túneles colapsados. Las viudas, otros familiares de las víctimas y los supervivientes aseguran que la empresa incumplía la ley en materia de seguridad. Recientemente, Industrial Minera México y General de Hulla ofrecían 5 millones de pesos para indemnizar a las víctimas. Esto ocurre a dos años del accidente. Los cuerpos siguen sepultados en la Mina 8, Unidad Pasta de Conchos.
jueves, 21 de febrero de 2008

El estado de Cohauila, al norte de México, es conocido como la ‘Región Carbonífera’. La minería es allí la principal actividad económica. Lamentablemente, no siempre se cumplen las medidas de seguridad y los accidentes proliferan: entre 1884 y 2007 murió un minero cada tres días en la zona. El pie de estatua, ubicada en la población de Sabinas, reza: “AL MINERO que desde la entraña de la tierra ilumina con su esfuerzo el destino de México”. En las entrañas de la tierra siguen 63 de los 65 muertos en el accidente de Pasta de Conchos.



Imágenes tomadas en la mina La Esmeralda, ubicada entre Sabinas y la cercana población de Palaú. No lejos de allí se encuentra Pasta de Conchos, donde el pasado 19 de febrero de 2006 un accidente provocó la muerte de 65 mineros. Hoy, más de un año después, sólo dos cuerpos han sido recuperados. El accidente es un tema tabú en las otras minas. Nadie habla de él mientras está trabajando.

Reunión en Pasta de Conchos. Convocados mediante SMS o llamadas telefónicas, los familiares de los fallecidos acuden a reuniones para tratar los temas que les incumben: desde un viaje a la capital, para exigir respuesta del gobierno, hasta los últimos rumores sobre las labores de rescate. Cada día desde que ocurrió el accidente, las viudas, hermanos o padres de los fallecidos acuden a Pasta de Conchos, como estrategia de presión a la empresa. Actualmente las labores de rescate se encuentran interrumpidas.
Elvira Martínez Espinosa, viuda de Jorge Vladimir Muñoz Delgado, cocina por primera vez desde el accidente: ha tenido que pasar más de un año. “Tengo la suerte de que mi madre [a su derecha] me ayuda en las labores de casa; así me puedo ocupar de lo que pasa en la mina”, explica mientras prepara los frijoles rellenos. Elvira fue la primera viuda que decidió rechazar la indemnización de la empresa; después siguieron muchas más. “No quiero nada que venga de la empresa”, explica.
Elvira se dirige a la mina en compañía de unos amigos y su hija pequeña. Elvira tiene dos hijos más. El mayor de ellos le apaga el móvil cuando se cansa de que su madre esté colgada al teléfono: siempre hay algo que hablar con otros familiares, o con los abogados. “Tienes que prestar atención a los que estamos aquí, mamá”, le dijo recientemente su hijo preadolescente. “Yo les digo que lo hago por su papá. Mientras mis hijos estén conmigo yo seguiré luchando”.
Silvia Verónica Cruz, de 37 años, ha enviudado en dos ocasiones a causa de sendos accidentes mineros. Su primer marido, Jesús Cortés, falleció hace 19 años; el segundo, Margarito Cruz Ríos, falleció en el accidente de Pasta de Conchos. En su dormitorio tiene un pequeño altar dedicado a ellos (en la imagen, contempla las fotografías de sus maridos. “Cuando vino mi hermano a decirme que había habido un accidente, no me lo podía creer: otra vez lo mismo.” Añade: “La empresa pensaba que nos retiraríamos de la mina, pero no. Quieren cerrar Pasta de Conchos, pero no lo permitiremos: mientras nuestros maridos sigan ahí, la mina sigue abierta.” Silvia ha montado una papelería en el pueblo de Palaú, donde vive, que abre por las mañanas: las tardes las pasa en Pasta de Conchos, con otros familiares.

María del Refugio López, viuda de José Isabel Mijares. “ Es muy difícil acostumbrarse a estar sola; tanto, que a veces le platico a la fotografía de mi marido. Las viudas seguimos luchando, pero el grupo está cada vez más disuelto. Cuando nos dan una mala noticia, nos deprimimos. Pero luego el coraje que nos entra nos permite seguir luchando. No siempre es fácil: ya llevamos muchos meses así, no es sencillo mantenerse fuerte”.

Juan José Galván, superviviente del accidente. Tiene 59 años. “El 19 de febrero de 2006 me tocó el turno de tercera [en horario nocturno]. Oí una explosión y no recuerdo nada más. Me encontraron ahí tirado y rezando”. Estuvo varias semanas internado en un hospital de Monterrey, curándose de las quemaduras y lesiones. “Los médicos trataron de enderezarme los dedos, pero ya no se podía hacer más. Ahora la psicóloga me dice que me olvide de todo aquello. ¡Pero cómo! Como no me den un mazazo en la cabeza...”. Poco a poco, Juan José va durmiendo mejor por las noches: “el médico me ha dicho que trate de dormir sin pastillas”.

María Teresa Contreras Rodríguez, viuda de José Porfirio Cibrián Mendoza, sostiene una botella rescatada tras el accidente. “Yo ya no me fío de nadie. Han pasado muchas cosas desde entonces: mi madre se suicidó, porque no podía aguantar la presión. Recibía llamadas amenazantes”, dice, con la cara en constante tensión. Teresa estaba estudiando derecho cuando el accidente. “Hoy sigo, pero por libre: sin mi esposo a mi lado, no tengo dinero para pagar el título. Mis estudios me sirven para entender lo que me dicen, sin que nadie me pueda manipular”.

Rosa Mejías, viuda de Rolando Alcocer Soria. “Durante meses, me la pasaba llorando día y noche. Mi marido sabía llevar la casa, y ahora a la soledad se unía el que mis hijos se me echaban encima. Ahora ya no les busco”. Sus hijos le echan en cara que salga a cenar, que vuelva a divertirse con las amigas, tras meses sin ver a muchas de ellas. “A mi marido le tocó estar en la comisión de seguridad, un trabajo que nadie quiere hacer. Durante los últimos meses andaba preocupado todo el día. No me contaba nada, para no preocuparme, pero le veía leyendo su libro de seguridad: ‘con esto me chingo al ingeniero’, decía. Pero nunca hacían nada. Por aquella época, muchas veces se despedía dándome un beso: ‘Por si ya no nos vemos’, decía.”

Guillermo Iglesias, se llama como su padre, fallecido en el accidente. Guillermo es ingeniero de profesión: asegura que habría varias maneras de llegar a los cuerpos, pero que la empresa no está interesada. Desde los primeros días tras el accidente, ha ido guardando los recortes de prensa donde aparecía algo relacionado con Pasta de Conchos. “Así sabemos en todo momento lo que ha ocurrido en cada momento, por si nos pregunta un periodista o un abogado. Tengo tres carpetas como esta, y seguiré guardando todo lo que aparezca”.

María Trinidad Cantú y Raúl Villasana son padres de un fallecido en la mina. Raúl, que se llama como su hijo, recibe una paga de los demás familiares para vigilar la bocamina (el acceso a los túneles). Se turnan para que haya alguien constantemente: llevan un cuaderno de bitácora donde apuntan todo lo que entra y sale del interior de Pasta de Conchos. “El cable que sacaron los primeros días estaba lleno de empalmes”, sostiene Raúl, “por ahí pudo saltar la chispa que provocó la explosión. No se cumplían las medidas de seguridad, y eso es responsabilidad de la empresa”.



Los camiones cargados de carbón son parte del paisaje de la región. Atraviesan sus carreteras con destino al mercado interior e internacional. También las empresas funerarias, abundantes en una región donde la esperanza de vida es reducida y los accidentes abundan: no sólo en las grandes minas, sino en las pequeñas explotaciones, conocidas como pocillos.
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